De no aceptar el oficio de santo y por reírme de tu tonta canción de amor, de no transar ni con el cielo ni con el infierno, tal vez confisquen mi corazón.
Quizás muera odiándote y entendiéndote a la vez, que de tanto que pude haber hecho por vos, entregues mi alma, al mejor postor.
De tanto fiarme de tener alguien siempre a mano, sin pan y sin torta, la fiesta termine tal vez.
Y uno recoge lo que siembra, dicen, y es peligroso el barco sin timón.
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